Cuando enseñar también es abrazar el futuro: el compromiso silencioso de una seño que deja huellas

Visitamos la Sala de 4 años del Jardín J. Hernández - SAN

Después del Día del Maestro, una historia nacida en un Jardín de Infantes de Deán Funes recuerda que la verdadera docencia trasciende el aula. Porque hay maestras que no solo enseñan contenidos: enseñan a vivir, a cuidar y a construir una sociedad mejor, aun cuando muchas veces ese esfuerzo pase inadvertido.

Pasó el Día del Maestro. Y quizás este reconocimiento tenía que llegar ahora, cuando las palabras ya no están atravesadas por la efervescencia de una fecha del calendario, sino por la certeza de haber sido testigos de una vocación que merece ser contada.

Se habla mucho de la educación, de sus carencias, de sus desafíos y de las responsabilidades que recaen sobre las escuelas. Pero pocas veces se pone la mirada donde realmente ocurre la transformación: en esas docentes que, lejos de limitarse a cumplir un horario, asumen la inmensa tarea de acompañar la vida de los niños en todas sus dimensiones.

Hace pocos días, en uno de los barrios de Deán Funes, se realizó la charla “Mi Barrio, Mi Compromiso”, impulsada por funcionarios municipales para informar sobre acciones de limpieza y cuidado ambiental. La convocatoria invitaba a los vecinos a involucrarse en un problema que salta a la vista en una ciudad que todavía tiene mucho camino por recorrer en materia de conciencia ambiental. Sin embargo, la respuesta fue desalentadora: apenas un puñado de vecinos y dos docentes de nivel inicial decidieron estar presentes.

Ese detalle, que podría parecer menor, terminó diciendo mucho más que cualquier discurso.

Entre esas docentes estaba la Seño Lorena Acosta, del Jardín de Infantes José Hernández. Mientras muchos adultos elegían la indiferencia, ella ya venía sembrando en sus alumnos algo mucho más profundo que una simple actividad escolar. Compostaje, reciclado, separación de residuos, cuidado del entorno… conceptos que para muchos son una obligación pendiente, para esos pequeños ya forman parte de su manera de mirar el mundo.

La curiosidad llevó a pedir autorización para presenciar la clase siguiente, donde agentes municipales complementarían el trabajo realizado en el jardín. Y fue entonces cuando apareció la verdadera noticia.

Allí estaban ellos: niños pequeños, inquietos, participativos, con ganas de hablar, responder, preguntar y demostrar todo lo que habían aprendido. No repetían palabras de memoria. Entendían por qué realizar compost, por qué cuidar el ambiente, por qué una ciudad limpia empieza por las acciones de cada uno.

También acompañaban la actividad una docente practicante y su profesor observador, en una escena donde enseñar y aprender parecían suceder al mismo tiempo.

Pero hubo algo que conmovió todavía más.

El afecto con el que recibieron la visita periodística, la naturalidad con la que compartieron sus conocimientos y el entusiasmo por contar lo que sabían dejaron en evidencia que detrás de esos aprendizajes existe un vínculo construido con paciencia, respeto y dedicación. Es imposible no pensar que esos chicos son, de alguna manera, el reflejo de quien los guía todos los días.

Porque los buenos docentes dejan contenidos. Los grandes docentes dejan huellas.

Y Lorena representa a tantos maestros y maestras que sostienen silenciosamente una tarea enorme. Son quienes contienen cuando hace falta, escuchan cuando nadie escucha, detectan problemas que muchas veces la sociedad ignora y hacen todo lo posible para que cada niño encuentre oportunidades donde otros solo ven dificultades.

Resulta paradójico que pertenezcan, probablemente, a una de las profesiones más desvalorizadas y, al mismo tiempo, a una de las más imprescindibles. Sin grandes reconocimientos ni aplausos cotidianos, siguen apostando por generaciones que algún día tendrán la responsabilidad de construir un mundo distinto.

Este reconocimiento no es solamente para la Seño Lorena. Es para ella como símbolo de tantos educadores que, todos los días, hacen mucho más de lo que figura en un programa escolar. Que enseñan valores antes que palabras, compromiso antes que consignas y esperanza antes que resignación.

Porque educar también es creer que un niño puede convertirse en el mejor multiplicador de aquello que los adultos muchas veces olvidaron: el compromiso con el otro, con el barrio y con la vida misma.

13-09-2026

 

 

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