La Selección Argentina volvió a mostrar carácter, fútbol y la magia de Messi para quedar a un paso de asegurarse el primer lugar. En una siesta cargada de emociones, el campeón respondió cuando más lo necesitaba y reafirmó que sigue siendo un equipo que sabe sufrir, competir y enamorar.
La Scaloneta continúa construyendo su camino con autoridad. Avanza con firmeza, transmite confianza y, por momentos, vuelve a emocionar tanto por su juego como por el espíritu colectivo que exhibe dentro de la cancha. Ante Austria superó un examen exigente, mucho más complejo de lo que podía indicar el nombre del rival, y quedó muy cerca de cumplir el primer gran objetivo de esta fase, a la espera de lo que suceda entre Jordania y Argelia.
En un estadio imponente, el equipo de Lionel Scaloni mostró una virtud que parecía haber quedado pendiente en el debut: la capacidad de reaccionar ante la adversidad. El penal fallado por Lionel Messi generó incertidumbre y algunos minutos de desconcierto, pero la respuesta llegó rápido. Cuando aparecieron las dudas, emergió el equipo.
A diferencia de lo ocurrido frente a Argelia, Argentina logró imponer sus condiciones. Las correcciones tácticas fueron evidentes. El mediocampo y la defensa trabajaron más compactos, reduciendo espacios y neutralizando los intentos ofensivos de Austria. Esa mejora colectiva también impulsó rendimientos individuales destacados: Alexis Mac Allister recuperó protagonismo, Thiago Almada fue desequilibrante, Enzo Fernández volvió a exhibir un nivel sobresaliente y Lautaro Martínez participó mucho más en la construcción del juego.
Las ocasiones desperdiciadas amenazaban con complicar una tarde que merecía mayor tranquilidad. Sin embargo, apareció Messi. Y cuando aparece Messi, todo cambia. El capitán dejó atrás la frustración del penal con una obra de arte que desató la locura en las tribunas. Fue un gol que combinó talento, determinación y la jerarquía de quien sigue marcando diferencias incluso cuando parece atravesar momentos adversos.
Argentina entendió rápidamente qué partido debía jugar. No era una noche para el brillo constante ni para una goleada cómoda. Era un encuentro para trabajar, resistir y aprovechar cada oportunidad. Por eso el resultado ajustado mantuvo cierta tensión hasta el final, especialmente cuando Austria estuvo cerca del empate con un cabezazo que pasó muy cerca.
Pero los grandes equipos también saben sufrir. Y cuando del otro lado está el mejor futbolista de todos los tiempos, siempre existe una ventaja extra. Messi volvió a hacerse presente en el marcador para sentenciar la historia con el 2-0 definitivo, un tanto poco habitual en su repertorio, pero igual de valioso para sellar una victoria fundamental.
El final fue una auténtica celebración. El capitán abandonó el campo bajo una ovación interminable, mientras miles de camisetas albicelestes copaban las tribunas en una fiesta que mezcló argentinos de nacimiento con fanáticos que adoptaron esos colores gracias a la figura de Leo. La comunión entre el equipo y la gente volvió a sentirse especial.
Y la historia todavía tiene un capítulo más por escribir. El miércoles, en el día de su cumpleaños número 39, Messi volverá a ser el centro de una celebración nacional cuando le cantemos el feliz cumpleaños al 10 a las 10. Como tantas veces: Leo siendo protagonista, rompiendo récords y llevando la bandera argentina a lo más alto. Porque mientras la Scaloneta ilusiona, él sigue haciendo historia.
22 – 06 – 2026
