Agostina y el fracaso de una sociedad que sigue llegando tarde

Agostina y el fracaso de una sociedad que sigue llegando tarde - portada - SAN

La indignación que atraviesa hoy a Córdoba y a gran parte del país tras el femicidio de Agostina, una adolescente de apenas 14 años, tiene la misma intensidad que aquella conmoción inicial cuando comenzaron a conocerse los detalles de su desaparición y posteriormente el hallazgo de sus restos en un amplio predio de barrio Ampliación Ferreyra. Pero con el correr de las horas, cuando el impacto de la noticia deja lugar a la reflexión, surge una pregunta tan simple como devastadora: ¿cuántas veces más deberá repetirse esta historia?

La bronca, la impotencia y el dolor no encuentran alivio porque cada nuevo caso vuelve a exponer las mismas fallas. A días de cumplirse un nuevo aniversario de Ni Una Menos, la sociedad continúa acumulando preguntas para las que el Estado, la Justicia, la política y muchas de las instituciones que deberían proteger a las víctimas no encuentran respuestas convincentes.

Porque detrás de cada femicidio no existe solamente un agresor. Existe también una cadena de responsabilidades, omisiones y negligencias que terminan construyendo el escenario perfecto para la tragedia. Cuando una adolescente desaparece y el desenlace es la muerte, no alcanza con señalar al culpable material. También es necesario preguntarse qué mecanismos fallaron, qué alertas fueron ignoradas y por qué, una vez más, el sistema llegó demasiado tarde.

Resulta preocupante observar cómo, frente a hechos de semejante gravedad, muchos actores institucionales parecen más preocupados por proteger su imagen que por realizar una autocrítica sincera. La búsqueda de explicaciones se convierte en una disputa de responsabilidades donde nadie parece dispuesto a asumir errores. Mientras tanto, los números crecen, las desapariciones continúan y nuevas familias pasan a integrar una lista de víctimas que jamás debió existir.

A esta realidad se suma otro fenómeno igual de doloroso: la utilización política del sufrimiento. Apenas conocida la noticia, no faltaron quienes intentaron convertir el horror en una oportunidad para obtener visibilidad, posicionamiento o rédito partidario. La reacción social fue contundente y dejó en evidencia que existen límites que no deberían cruzarse. Sin embargo, la repetición de estas conductas demuestra que todavía hay sectores incapaces de comprender que detrás de cada caso hay una vida arrebatada y una familia destruida.

Tampoco escapan a este análisis otras instituciones con enorme influencia social. Los discursos de ocasión, las declaraciones calculadas y los mensajes de compromiso temporal suelen aparecer cada vez que una tragedia conmueve al país. Ocurre en ámbitos políticos, religiosos, deportivos y culturales. Se condena el hecho, se expresan condolencias y se prometen cambios. Sin embargo, una vez que las cámaras se apagan y la atención pública se desvanece, la mayoría de esas promesas quedan archivadas junto a las noticias de la semana anterior.

La violencia contra las mujeres no puede seguir siendo tratada como una emergencia episódica. Es una problemática estructural que exige decisiones estructurales. Requiere funcionarios capacitados, sistemas eficientes, controles reales y una voluntad política que trascienda los discursos. Requiere también una sociedad que deje de naturalizar señales de alerta y comprenda que la prevención comienza mucho antes de que un nombre ocupe los titulares.

Pero en medio de tanto desencanto existe una certeza que merece ser destacada. Las mujeres han construido históricamente redes de contención, acompañamiento y protección que muchas veces resultan más efectivas que las respuestas institucionales. Allí donde el sistema falla, suelen aparecer amigas, madres, hermanas, compañeras y vecinas tendiendo una mano para evitar que la soledad se transforme en vulnerabilidad.

 

El femicidio de Agostina no puede convertirse en una estadística más ni en un nombre destinado a perderse en el archivo de las tragedias que periódicamente conmueven al país. Su caso debe transformarse en un punto de inflexión que obligue a las instituciones y a la sociedad a asumir responsabilidades concretas.

La deuda con Agostina es una sola y es ineludible: justicia. Que los responsables directos e indirectos respondan por sus actos y que las fallas que permitieron llegar a este desenlace sean reconocidas y corregidas. Pero existe otra deuda aún vigente, una que interpela nuestro presente y nuestro futuro: la que mantenemos con las mujeres que hoy viven con miedo, con quienes enfrentan situaciones de violencia en silencio y con aquellas que mañana podrían convertirse en una nueva noticia trágica.

Porque ninguna sociedad puede considerarse justa mientras siga reaccionando después del crimen en lugar de actuar antes del peligro. El verdadero homenaje a Agostina no serán los discursos ni las consignas repetidas cada aniversario, sino la capacidad colectiva de construir un país donde ninguna niña, adolescente o mujer tenga que depender de la suerte para volver a casa.

01-06-2026

 

 

 

Publicidad
Brújula sin fondo

SIEMPRE AL NORTE

Pintor Martín Santiago 336
Córdoba - Argentina